Un post de Facebook de Ana María Quispe, Noviembre 13, 2023

CHICLAYO (PERU)
Facebook [Menlo Park CA]

November 13, 2023

By Ana María Quispe

[Haz clic aquí para ver la publicación original.]

Hace más de un año, junto con dos personas, denunciamos -ante el Ministerio Público- por abuso sex.ual a dos sacerdotes de la Diócesis de Chiclayo. Antes de recurrir a la fiscalía, nos reunimos con el entonces obispo, monseñor Robert Prevost y otro sacerdote que actuó como mediador. Fuimos escuchadas y alentadas a denunciar lo que nos sucedió. Tanto el mediador como el obispo, nos escucharon, creyeron y brindaron su apoyo. Repito, porque es muy importante hacer esta precisión, ellos nos impulsaron a denunciar lo que nos pasó.

Fue monseñor Prevost quien nos informó que uno de los sacerdotes denunciados estaba muy mal de salud; y se comprometió a conversar con el otro sacerdote, que aceptó su inconducta, según nos refirieron; además, ‘se disculpaba’ por lo sucedido y solicitó saber quiénes eran las denunciantes. Esta ‘confesión de parte’ hizo que advirtiéramos, junto al sacerdote mediador, que no éramos las únicas afectadas. Se podía desprender la idea de que este sacerdote denunciado necesitaba saber cuál de sus víctimas había dado a conocer los hechos.

La posición del Obispado fue que esperáramos la decisión del Ministerio Público; pero, que -sobre el sacerdote denunciado- recaería la amonestación de enviarlo a su casa hasta que se definiera su condición legal.

En una decisión que rechazamos desde todo punto de vista, la fiscalía archivó (en primera instancia) nuestra denuncia, argumentando -entre otras cosas- que el hecho ‘habría ocurrido’ hace muchos años, y que, al no haberse producido ‘penetración’, el caso prescribía.

Con la ausencia de monseñor Prevost, sólo hemos tenido contacto con el sacerdote mediador, que, el día 11 de noviembre habló conmigo para informarme que el caso que denunciamos ha sido comunicado al nuevo obispo de Chiclayo, monseñor Guillermo Antonio Cornejo Monzón. El sacerdote mediador me informó que nuestro caso -a nivel de la Diócesis de Chiclayo y, por tanto, de la Iglesia Católica- “no ha sido archivado”, señalando que se les ha dado prioridad a otras denuncias de mayor gravedad o donde el daño ha sido mayor.

Quise saber qué había pasado con los sacerdotes denunciados, y el mediador me informó que el sacerdote que admitió su responsabilidad, ha insistido en conocer el nombre de sus denunciantes; pero, monseñor Guillermo Antonio Cornejo Monzón, le ha negado esta posibilidad, argumentando que podría ser denunciado otra vez y complicar su situación.

Además, que este sacerdote ha sido enviado a Santa Cruz (Cajamarca), donde ahora celebra misas y realiza su labor sacerdotal. Me informaron que le han pedido que eviten llegar a Chiclayo; sólo pueden hacerlo cuando alguna ceremonia litúrgica exige la presencia de todos los sacerdotes de la Diócesis o por cuestiones médicas.

Hay cosas que la lógica no acepta, si el sacerdote aceptó su responsabilidad, ¿por qué no ha sido separado del sacerdocio? ¿Por qué sigue llevando los hábitos y representando a Jesucristo y a la Iglesia? ¿Acaso olvidaron que es Jesús quien demanda cuidar a los niños? Nosotras fuimos vejadas por esos “representantes de Cristo”, a quienes -por fe- llamamos “padres”. Cuando vemos en las noticias que un ‘padre’ maltrata sexualmente a un hijo, recibe el repudio social y la condena de la justicia, pero en este caso, parece que quienes necesitan protección son los victimarios y no las víctimas.

Debo reconocer que hay un avance en esta lucha por la dignidad y el respeto. Logramos que el obispo nos escuchara y que la Diócesis de Chiclayo conozca del caso; pero es importante, muy importante y necesario, que la Iglesia fije una posición contra quienes son, potencialmente, abusadores de niños.

Esta vez, no voy a poner en evidencia los nombres de los involucrados, aunque al exponer el tema, estoy dando la cara tras un hecho lamentable que afectó mi niñez. Sé que muchas personas saben a quiénes me refiero. Saben qué sacerdotes fueron los denunciados. Sé que les tienen mucho aprecio y cariño, como -en algún momento- nosotras también sentimos. Hoy, lo que sostengo es, también, una llamada de alerta, para proteger a los niños, a nuestros hijos, de quienes tienen la apariencia de bondad y protección, pero que lastiman con heridas que duran para siempre.

Soy una víctima, pero también soy un apoyo para quienes quieran denunciar estos atropellos. Sé que hay más víctimas que no se atreven a contar lo que les pasó por temor o vergüenza, y entiendo totalmente, pero considero que es necesario para evitar que le suceda a otras personas. Aunque me duele aceptarlo y decirlo, el silencio cómplice en la Diócesis, esa protección que indigna, sólo logra que nadie confíe en denunciar un hecho y que otros sacerdotes se vean libres de poder actuar mal sabiendo que los protegerán.

Ojalá que tomen una decisión firme, a la luz del Evangelio de Cristo, y la Iglesia se pueda “limpiar” de personajes que manchan a una institución llamada a cuidar a los fieles, no a dañarlos.

IMPORTANTE. – En mi poder tengo los mensajes, audios y las denuncias que acreditan que lo que sostengo es un hecho real, y no la fantasía de una niña o un grupo de pequeñas que estuvieron confundidas, como se ha pretende definir muchas veces. Hoy expongo el caso y voy a seguir luchando para que se haga justicia.

https://www.facebook.com/anamaria.quispediaz