(PERU)
Las Lineas Torcidas [Lima, Peru]
February 3, 2025
By Martin Scheuch
Todo comenzó para mí en Lima en 1978, cuando sólo tenía quince años de edad. Durante treinta años creí que el Sodalicio de Vida Cristiana era una obra inspirada por el Espíritu Santo. Poco mas de once años de mi vida, entre diciembre de 1981 y julio de 1993, transcurrieron en comunidades sodálites. Después de esa experiencia, pasé a ser un adherente sodálite —es decir, miembro periférico de la institución con vocación al matrimonio— hasta que en el año 2008, cuando ya había migrado a Alemania, se me cayeron las escamas de los ojos y pude ver con claridad los abusos que había sufrido.
Aun cuando ya asomaban en mí algunos atisbos críticos hacia algunos aspectos cuestionables de la institución, seguí creyendo durante años que ésta tenía un carisma divino y que sus imperfecciones no anulaban el que se tratara de algo querido por Dios en su Plan divino.
Recuerdo que el 7 de noviembre de 2003, ya estando domiciliado en la ciudad alemana de Wuppertal, le escribí al fundador una carta respetuosa que le hice llegar a través de una persona conocida que se iba a entrevistar personalmente con él, pues Figari y compañía estaban realizando uno de sus viajes a Europa. Allí le decía yo:
«Quiero que sepas que siempre guardo las promesas que he hecho y que mantengo una gratitud inmensa a quienes siempre me tendieron su mano amiga en la comunidad sodálite. Si de algo puedo preciarme es de nunca haber traicionado la confianza de quienes se han fiado de mí. Por eso mismo, reafirmo mi fidelidad al llamado que Dios me hace en su Iglesia a través del Sodalicio y espero poder servir dentro de la misión evangelizadora a la que estamos llamados (para lo cual he tenido a veces que abrirme el camino a “machetazos” y seguir adelante a pesar de los comentarios maliciosos y las zancadillas inesperadas)».
En el año 2008, tras una reflexión gatillada por la detención policial del entonces sodálite Daniel Murguía en octubre de 2007 en un hostal del centro de Lima, mientras le tomaba fotografías a un niño de la calle de unos once años que estaba desnudo, decidí dar un paso al costado y desvincularme de la institución. No era el hecho mismo lo que me llevó a esta decisión, sino el recuerdo de obsesiones sexuales desencadenadas por un estilo de vida restrictivo y deshumanizante, cuasi sectario, que imperaba en las comunidades. Y aun cuando ya no me sentía pertenecer a una institución en la cual comenzaba a ver prácticas turbias, seguía creyendo que tenía su lugar en la Iglesia católica y era susceptible de reformas. Públicamente, todavía no se sabía nada sobre los abusos de Luis Fernando Figari, fundador del Sodalicio, y de su Vicario General, Germán Doig, fallecido misteriosamente el 13 de febrero de 2001 a la edad de 43 años. Mi percepción era que el Sodalicio tenía graves problemas, y que yo tenía la responsabilidad de comunicárselo a sus autoridades para que esos gérmenes de destrucción no terminaran culminando su obra.
Por eso mismo, mis primeros esfuerzos estuvieron orientados a tratar de comprender exactamente cuáles eran esos problemas, iluminado por la lectura sobre asociaciones similares de características sectarias, y de comunicarlas al Sodalicio a través de mi hermano Erwin, quien ocupaba un puesto de responsabilidad en la institución. Todo fue en vano. Se me amenazó con denunciarme por difamación si yo daba a conocer a la opinión pública lo que sabía. En el Sodalicio nunca hubo la intención de acoger mis observaciones críticas, hechas con las mejores intenciones para quienes entonces formaban parte de esta sociedad de vida apostólica.
El año 2011, a través del desparecido Diario16 que dirigía el periodista peruano Juan Carlos Tafur, aparecieron las primeras denuncias periodísticas sobre abusos sexuales cometidos por Germán Doig y Luis Fernando Figari.
A pesar del miedo que todavía experimentaba de dar a conocer públicamente lo que sabía sobre el Sodalicio, fui adquiriendo la convicción de que era necesario hacerlo para que la Iglesia y las autoridades civiles tomaran cartas en el asunto. Fue entonces que, a partir de noviembre de 2012, comencé a salir a la palestra de la opinión pública través de mi blog Las Lineas Torcidas para proporcionar información y análisis sobre el Sodalicio de Vida Cristiana. Fue un trabajo fructífero, pues varias de mis reflexiones fueron recogidas en el libro Mitad monjes, mitad soldados de los periodistas Pedro Salinas y Paola Ugaz.
Con el tiempo llegué a la conclusión de que el Sodalicio de Vida Cristiana no podía tener un carisma del Espíritu Santo. Según lo relatado el 18 de enero de este año por InfoVaticana, «el decreto de disolución […] hace referencia a la inmoralidad del fundador, Luis Fernando Figari, como indicación de la inexistencia de un carisma fundacional, y por tanto, la falta de legitimidad eclesial para la permanencia de la institución».
Un recuento de quiénes fueron los miembros de aquello que Luis Fernando Figari llamaba “generación fundacional” del Sodalicio, conformada en su mayoría por escolares que terminaban el colegio en el año 1973, nos debería llevar a la misma conclusión. ¿Quiénes estuvieron, además de Germán Doig? Mons. José Antonio Eguren, arzobispo emérito de Piura y Tumbes, quien ha sido expulsado del Sodalicio por el Papa Francisco. El exsodálite Virgilio Levaggi, quien también cuenta con graves acusaciones de abuso sexual. El sacerdote Jaime Baertl, que cometió un abuso sexual sin contacto físico en perjuicio mío cuando yo tenía tan sólo dieciséis años de edad, lo cual ha sido descartado como inverosímil por el Sodalicio hasta el día de hoy. El sacerdote Emilio Garreaud, quien en el año 2019 fue denunciado por abuso sexual contra un mayor de edad en el Tribunal Eclesiástico Provincial de Costa Rica, denuncia que nunca se investigó a fondo y terminó siendo archivada. El laico consagrado Alfredo Garland y el exsacerdote y exsodálite Alberto Gazzo, quienes han sido señalados por el obispo emérito de la prelatura de Ayaviri y exsodálite Mons. Kay Schmalhausen como sus abusadores sexuales cuando el era aún un adolescente menor de edad (el mismo Schmalhausen cuenta que, ya siendo mayor de edad, abusaron sexualmente de él tanto Figari como Doig). El laico consagrado José Ambrozic, también expulsado del Sodalicio por el Papa Francisco. El laico casado Raúl Guinea, quien colaboró en la administración de los cementerios del Sodalicio, un negocio lucrativo libre de impuestos debido al uso ilegítimo y abusivo del Concordato entre la Santa Sede y el Estado Peruano. Franco Attanasio, quien fuera el primer sodálite casado y luego se separó de la institución, se mudó a los Estados Unidos con su mujer, y que ha sido incluido en el Registro de Agresores Sexuales de Michigan, en virtud de cuatro sentencias por conducta sexual criminal en cuarto grado emitidas en el año 2021. De este grupo sólo se salvan el exsodálite Juan Fernández, quien hizo carrera en la Marina de Guerra del Perú, y el exsacerdote y exsodálite Luis Cappelleti.
¿Quién puede creer aún que una pandilla de abusadores sean portadores de un carisma del Espíritu Santo para bien de toda la Iglesia?
(Artículo publicado el 24 de enero de 2025 en Vida Nueva)
